Chocó sueña vivir sin hambre

En carro, en lancha, en mula y a pie, un programa de atención a la niñez lleva alimentos y enseñanzas a 26 comunidades indígenas y afrocolombianas internadas en la selva para acabar con la desnutrición.  

Una madre deja a sus hijos bajo el cuidado de la abuela, en Quibdó, para emprender un largo camino que la conduce a ayudar a los hijos de otras mujeres de 26 comunidades indígenas y afrocolombianas que se encuentran internadas en la selva.

El viaje de cada mes puede durar hasta dos días: inicia en carro, pasa por lancha, continúa en mula y termina a pie, pero nunca perturba su sonrisa. Esa madre es Lestty Yadira Palacio, la mujer que sueña con un país “en el que no haya tanta hambre”.

“Me sueño un mundo donde no haya violencia, donde los niños puedan estudiar, donde se trabaje por la primera infancia, donde un niño pueda comer su desayuno, su almuerzo, su cena y en el que ninguno muera por malnutrición”, dice a orillas del río Atrato, en la vereda Chimborrú, en Lloró.

El hambre, esa que hace a niños y adultos débiles, distraídos; esa que apaga el brillo en sus ojos, que les impide el adecuado desarrollo de sus cuerpos, que les quita la energía y no les permite aprovechar la riqueza de sus tierras, es la realidad que golpea a miles de familias en Chocó, un departamento en el que 64.2% de los hogares se encuentra en inseguridad alimentaria y en el que uno de cada seis niños padece desnutrición crónica (ENSIN 2010).

La primera parada

A la zona rural de Lloró, municipio conocido como el más lluvioso del país, se desplaza Lestty como coordinadora pedagógica del programa Mis Primeros Pasos. Esta iniciativa brinda atención integral a más de 8.000 niños indígenas y afrocolombianos y a sus familias en el departamento, y puntualmente a 500 pequeños entre los cero y cinco años de esta localidad.

Jhon Tapi, Rosamira Isama, Emelia Chepe y Luisa Tapi son apenas cuatro de esos 500 niños, que con su cabello delgado y rojizo, la baja estatura para su edad y sus ojos tímidos –señales de desnutrición-, motivan a Lestty día a día para continuar con su labor.

Ellos pertenecen a la comunidad de Mindó, un caserío de indígenas embera ubicado al lado de los ríos Capa y Mindó, a una hora en lancha de la cabecera de Lloró, que no cuenta con agua potable ni con energía y en el que unos 60 pequeños reciben atención.

En este lugar, la chicha, la piña y el plátano son alimentos comunes para niños y adultos cuando no hay otra cosa qué comer. Sin embargo, desde que llegó el programa en el que trabaja Lestty, se han vuelto más frecuentes las lentejas, las pastas, el arroz, el atún y la panela. Los niños, además, reciben leche, compotas, bienestarina y un suplemento vitamínico para subir de peso. 

Son alimentos que calman el hambre pero que son insuficientes para contrarrestar una realidad preocupante: los niños entre los cero y dos años que están en el programa tienen una mediana de desnutrición crónica de 42.7%, mientras el 56.5% de los que tienen entre dos y cinco años padecen este flagelo.

Para comparar, en Colombia el departamento más crítico en este aspecto es Vaupés, en el que 34.6% —1 de cada 3 niños—  es afectado por esta condición.

Por eso los esfuerzos para cambiar la realidad en Lloró son significativos. “Llegamos con todos los complementos y con toda la atención a donde no llega nadie, a poblaciones tan alejadas que necesitamos ocho horas de navegación fluvial, dos o tres horas de transporte terrestre y hasta cuatro o cinco de camino por la selva”, afirma Ángela Vélez, coordinadora nacional del programa.

Un encuentro hace la diferencia

“Para calmar el hambre no solo hay que brindar alimentos, hay mucho trabajo por hacer para que las madres aprendan a estimular a sus hijos, a decirles que los quieren, a acariciarlos. El vínculo afectivo es fundamental”, cuenta Daisy Rodríguez, la auxiliar docente que les enseña a las indígenas a tocar a sus bebés, por medio de cánticos y rondas durante un encuentro de familias.

Daisy, bajo la supervisión de Lestty, se encarga además de llenar de alegría el día a día de los más pequeños. En la comunidad de Mindó los reúne en un pequeño salón de ladrillo para que se adentren en su cultura. Cantan en su lengua nativa, los adultos tocan tambores y armónicas y realizan sus danzas tradicionales.    

“Es un espacio para que los niños se relacionen con los adultos y viceversa. La idea es que vivan una experiencia en la que se transfieran sus costumbres indígenas”, precisa la auxiliar docente.

Este espacio es apreciado por los mayores porque demuestra consideración con su cultura y su forma de vivir. “El programa ha llegado con mucho respeto. Miran primero de qué forma vivimos para saber cómo nos pueden ayudar”, expresa Antonio Charrero, gobernador indígena de la comunidad de Mindó.

En la cabecera de Lloró, por su parte, el encuentro es semanal y les brinda a las madres herramientas para ser más independientes. Aprenden a hacer manualidades que luego pueden vender para obtener recursos adicionales, además de adquirir conocimientos para estimular a sus bebés.

Jenessith Mosquera, es una de las beneficiarias y asiste al encuentro con su hijo de tres años, Matthew González. Sus palabras son de agradecimiento: “Lo que nos enseñan en las reuniones es muy bueno, además los paquetes nutricionales nos ayudan mucho para complementar el mercado”.

Una suma de esfuerzos

Arsheny Mena, de cuatro años, dice que quiere ser médica para atender a las mamás y a los bebés y Nicolás Rocha, de cinco, cuenta que le gusta estudiar y hacer las tareas. Ellos son atendidos en la escuela de la cabecera de Lloró, al que se llega luego de una hora en carro desde Quibdó y de cruzar un puente peatonal sobre el río Andágueda.

Para escuchar sus vocecitas, el trabajo de Lestty se articula con el de muchas otras personas que permiten llevar una atención integral hasta las zona urbana y rural de Lloró.  

“Este trabajo es posible gracias a las alianzas. Buscar la unión y esfuerzos comunes para responder a las necesidades de primera infancia es fundamental porque los recursos de una sola institución son insuficientes para cubrir todos sus requerimientos”, expresa la coordinadora nacional de Mis primeros pasos.

La Corporación Infancia y Desarrollo, Genesis Foundation, el Instituto Colombiano de Bienestar Familiar y la Fundación Éxito son las instituciones que ayudan a cambiar las realidades de niños como Arsheny y Nicolás. 

Un sueño posible

Aunque todavía falta mucho erradicar la desnutrición del Chocó, los esfuerzos de Lestty, que representa a todos los profesionales de la región que trabajan en este proyecto, ya muestran sus resultados.  

“Cuando a comunidades muy apartadas llegan un docente para dar clases; una nutricionista para pesar y medir a los niños; una trabajadora social para fortalecer el vínculo afectivo en las familias, estamos formando una niñez más independiente, más despierta, más preparada para sus condiciones de vida”, asegura Lestty.

En un futuro, y si el apoyo a proyectos como estos crece, Ludy Key Cury, otra mujer enamorada de esta labor social, imagina unos niños más activos, con un desarrollo integral óptimo, con lazos de amor, compromiso y entrega  a sus familias fortalecido.

“Ya vemos el cambio en los padres de familia: las madres indígenas interactúan con sus hijos, existe mayor conciencia de la importancia de los estímulos y esto genera una satisfacción muy grande, porque sabemos el bien que esto les hace a los niños”, expresa Ludy Key.

Cada día los carros, las lanchas, las mulas y los pies se seguirán moviendo entre las comunidades indígenas Tocolloró, Mindó, Guanchiradó, Murandó, Tirabenado, Quipará, Antolino, Giguandó, Tegábera, Peñaindia, Platino, Hurtado, Qumá, Lana, Chagaramia, Antumiadó, Playón, Mundú, Parruguera, Taudó, Tonoa, Los Toldos; y las afrocolombianas, Baraudó, La Huerta, Playa y Lloró porque el sueño de un mundo y de un país sin hambre es posible.

En cifras

De la población atendida:

  • 51% son víctimas del conflicto armado.
  • 42.6% de los hogares tienen 6 o más integrantes.
  • 56% de la población atendida es indígena y 44% es afrocolombiana.

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