El cerebro infantil necesita buena nutrición y entornos seguros para desarrollarse
En un mundo ideal, donde todos los niños y niñas llenan sus estómagos y reciben los nutrientes necesarios para su desarrollo físico y mental, veríamos una sociedad distinta: mayor productividad laboral, adultos con mejores resultados en su vida profesional y personal, menos deserción escolar y, sobre todo, una infancia llena de energía. Serían niños y niñas activos, juguetones, que corren, exploran y no se cansan con facilidad.
Serían niños y niñas con la estatura adecuada para su edad, no más pequeños por falta de alimento. Serían niños y niñas que se enferman menos que aquellos que no reciben los nutrientes que necesitan. Y hay algo más: sus cerebros serían más grandes y saludables.
¿Por qué? La desnutrición crónica durante los primeros 2 años de vida puede impedir que el cerebro se desarrolle plenamente. Distintas investigaciones muestran que padecerla durante esta etapa de la vida, puede afectar de manera significativa el desarrollo cerebral, ya que es en este tiempo que el cerebro experimenta un crecimiento acelerado y un intenso proceso de formación de conexiones neuronales conocido como sinaptogénesis.
Si no recibe los suficientes nutrientes, se puede producir una atrofia cerebral, es decir, la pérdida progresiva de neuronas y de sus conexiones. Esto reduce el volumen del tejido cerebral y ocasionar con el tiempo dificultad para pensar, recordar o realizar tareas cotidianas, según Cleveland Clinic.
El cerebro es un órgano extraordinario y, desde la infancia, debemos protegerlo con una buena alimentación. De acuerdo con Northwestern Medicine, el cerebro no termina de desarrollarse sino hasta los 25 años. Las últimas estructuras cerebrales en madurar son los lóbulos frontales, responsables de funciones como la planificación, el razonamiento y la toma de decisiones, que se fortalecen y estructuran a lo largo de ese proceso.
El cerebro humano tiene alrededor de 86 mil millones de neuronas. Entre ellas se forman conexiones que pueden alcanzar hasta un cuatrillón (1.000 billones), una red inmensa que con el tiempo se reorganiza y amplía su capacidad de almacenamiento. Pero es en la infancia donde ocurre uno de los momentos más decisivos, ya que en esta etapa se pueden activar hasta 1.000 conexiones neuronales por segundo, según la Organización Mundial de la Salud (OMS). Cada neurona puede conectarse con otras 10.000, generando redes que se forman a una velocidad asombrosa.
Estas conexiones cerebrales, advierte la OMS, son fundamentales. De ellas dependerán, en gran medida, la salud futura, el bienestar emocional y la capacidad de aprendizaje de cada niño y cada niña. Por eso, garantizar una nutrición adecuada en los primeros años no es solo una cuestión de alimentación: es una inversión directa en el desarrollo humano.
“El cerebro es el órgano que más rápidamente se desarrolla en la primera infancia, y su crecimiento depende claramente de una adecuada nutrición desde la gestación, pasando por el periodo de la lactancia materna y en los primeros años de vida. Casi la mitad de las calorías que consume un niño en primera infancia la utiliza este órgano para su funcionamiento”, expresa Juan Carlos Burgos, nutricionista de la Fundación Éxito.
Precisamente, para que el cerebro pueda formar neuronas y generar conexiones entre ellas, se necesitan nutrientes que según el nutricionista Burgos son: proteínas, ácidos grasos esenciales (especialmente omega-3), hierro, zinc y vitaminas del complejo B. “Estos alimentos permiten que haya formación de neuronas y haya más conexiones entre ellas, procesos que permiten un mejor aprendizaje, memoria y capacidad de atención, determinando en gran medida, su futuro”.
¿Por qué? Si los niños y niñas no tienen acceso a estos alimentos, es probable que tengan riesgo o padezcan desnutrición crónica y, en la edad adulta, pueden tener una disminución de hasta 14 puntos en su coeficiente intelectual, cinco años menos de educación y un salario un 54 % inferior que la media. (Lessa Horta, y otros, 2016).
Cerebro y salud mental
Pero la nutrición no solo impacta el tamaño o la estructura del cerebro. También influye en cómo pensamos, aprendemos y regulamos nuestras emociones. En otras palabras, la forma en que se alimenta un niño o una niña en sus primeros años puede tener efectos profundos en su salud mental y en su desarrollo cognitivo a lo largo de la vida.
Sebastián Aberlaéz, coordinador de Salud Mental de la Fundación Éxito, explica que cuando existen deficiencias nutricionales durante los primeros 1.000 días de vida, pueden producirse alteraciones en la arquitectura cerebral, que afectan procesos fundamentales como la memoria, el aprendizaje y la regulación emocional.
“Diversos estudios han encontrado que la desnutrición temprana puede asociarse con menor volumen de materia gris y cambios en la conectividad cerebral. Esto afecta estructuras clave como el hipocampo, que interviene en funciones como la memoria y el aprendizaje, y también la corteza prefrontal, que cumple un papel central en la toma de decisiones, la planificación y la regulación emocional”, añade Arbeláez.
La importancia de hogares seguros y protectores para la infancia
Estas alteraciones pueden traducirse en dificultades cognitivas y socioemocionales que persisten incluso hasta la adultez. A esto se suma otro factor que suele estar presente en contextos de pobreza, violencia y alta vulnerabilidad: el estrés tóxico.
“El estrés tóxico ocurre cuando un niño o una niña está expuesto durante largos periodos a situaciones adversas —como la inseguridad alimentaria, la violencia o la inestabilidad familiar— sin contar con el acompañamiento o la protección suficiente de un adulto”, señala Arbeláez. Esta exposición prolongada activa de manera persistente los sistemas biológicos del estrés, lo que puede afectar el desarrollo del cerebro y aumentar la vulnerabilidad a trastornos como la depresión, la ansiedad o las dificultades para regular las emociones en la vida adulta.
Sin embargo, la evidencia científica también muestra que el daño no siempre es irreversible. El cerebro tiene una gran capacidad de adaptación y cambio, conocida como plasticidad cerebral. Esto significa que, cuando existen intervenciones tempranas integrales —una nutrición adecuada, estimulación cognitiva, entornos familiares protectores y acceso a educación de calidad— es posible favorecer procesos de recuperación.
“Ambientes enriquecidos, estimulantes y la presencia de al menos un adulto estable y protector pueden promover la formación de nuevas conexiones neuronales y mejorar el desarrollo cognitivo y socioemocional de los niños y niñas”, agrega Arbeláez.
“Una nutrición adecuada desde la gestación y durante los primeros años de vida es una de las inversiones sociales más importantes que puede hacer un país. Un niño o una niña bien alimentado tiene más posibilidades de desarrollar su potencial, permanecer en el sistema educativo y aportar al desarrollo de su comunidad. A esto se suma la importancia de la salud mental y del bienestar integral, que junto con una buena nutrición sientan las bases para un desarrollo humano pleno desde la primera infancia. En la Fundación Éxito creemos que esto es posible, pero requiere el compromiso del Estado, el sector privado, las organizaciones sociales y la sociedad en general. Porque cuando garantizamos buenas condiciones para la niñez estamos construyendo el futuro del país”, dice Diana María Pineda, directora ejecutiva de la Fundación Éxito.
En síntesis, la desnutrición no solo afecta el crecimiento físico. También puede tener efectos duraderos en el desarrollo del cerebro y aumentar la vulnerabilidad a problemas de salud mental en el futuro. Por esta razón, organismos internacionales y numerosos estudios científicos coinciden en que invertir de manera conjunta en nutrición y cuidado durante la primera infancia es una de las estrategias más efectivas para proteger la salud mental y el desarrollo humano a largo plazo.